El Juego de Yarrington.
Por LUCIANO CAMPOS GARZA
22 de Marzo, 2004
La muerte de Roberto Mora tiene, desafortunadamente, más repercusión en el medio periodístico que en los ámbitos de la justicia en Tamaulipas.
El periodista saltillense, avecindado en Monterrey y radicado en Nuevo Laredo, pereció asesinado la madrugada del 19 de marzo de este año, cuando llegaba a su domicilio.
Y mientras los informadores de México y de asociaciones internacionales de prensa piden justicia y esclarecimiento de los hechos, el gobernador tamaulipeco Tomás Yarrington Ruvalcaba guarda silencio y se escabulle, en otra más de sus abyectas triquiñuelas que tan bien sabe utilizar para no exponerse al reclamo general que, seguramente, él supone que es golpeteo político.
No importa que hayan asesinado al director del periódico El Mañana de Nuevo Laredo, ni que en Tamaulipas sigan cometiéndose homicidios y ejecuciones patrocinadas por el crimen (des)organizado. Yarrington se muestra cauteloso y se retira mejor de la escena pública. No vayan a alcanzarlo los dardos envenenados de los editorialistas que se han expresado, justamente indignados, por la muerte del compañero.
Pareciera que Tomás, en lugar de gobernar, por estos días se la ha pasado mirándose en el espejo, cruzándose una banda de utilería en el pecho y mencionando frente a su propia imagen: “… o que la nación me lo demande”. Embebido en sus sueños presidenciales, evidencia estar más preocupado por arrimarse a la dirigencia nacional del PRI para estar presente cuando empiecen a sonar los presidenciables.
Yarrington, un político nacido del útero descompuesto del partido tricolor, hijo de Manuel Cavazos Lerma -otro sátrapa que creció enamorado de sus propios discursos y dilapidó el erario, hasta quedar apestado en Tamaulipas y en la ruina política- siente que puede ser llamado a dirigir al país, cuando no puede siquiera gobernar un estado como Tamaulipas, referente nacional del narcotráfico.
Rebasado por los propios problemas de seguridad pública en la entidad, y más ahora, con la opinión pública encendida por el crimen de Mora, Yarrington se esconde, ladino, hasta esperar que se enfríe el caso. Ya después, cuando la indignación se convierta en resignación, regresará lentamente y dará algunas declaraciones.
Entonces, como ha ocurrido con anterioridad, ante reclamo de periodistas y ciudadanos que le piden explicación por los problemas locales, Tomás Yarrington, desde su olimpo personal, declarará que la Procuraduría de Tamaulipas se esforzará por hacer que la justicia prevalezca. Y con ese irritante tono de priísta en campaña, utilizará, como lo ha hecho a lo largo de estos años como politicastro al servicio de sí mismo y de los intereses del partidazo, todo su catálogo de lugares comunes para responder sin decir nada.
Francisco Cayuela, el procurador estatal, va a ser el encargado de recibir las acusaciones y aguantar, porque, como lacayo conocedor del juego de la política rastrera que dicta su jefe, sabrá que le toca a él, como subordinado, ser el escudo y absorber la oleada de reproches hacia la inútil administración estatal.
Pero, como tristemente se ha demostrado, Cayuela no va a mover ni un dedo, ni empleará ni un minuto más de su tiempo burocrático a hacer que se esclarezca el crimen de Roberto Mora. Algún día probablemente se sepa quién fue, pero no será ni por la sagacidad de Cayuela, que ha demostrado una lastimera cuadriplegia para la acción, ni por sus dotes de investigador, que no los tiene. Como suele ocurrir en Tamaulipas, si hay un resultado es porque la mafia decidió entregar al culpable, no porque los inútiles sabuesos de la Ministerial hayan hecho su trabajo.
Con Roberto Mora se fue uno de los mejores elementos del periodismo en el norte del país. Y mientras hay duelo en el medio y familias enteras destruidas por la tragedia, Yarrington va a seguir en sus giras por el país, como invitado a convenciones y foros para exponer su logomaquia politiquera, embelesado con su propia voz de orador de concurso. Y seguirá formándose, a través de sus cabilderos y séquito de aduladores, una imagen de estadista. Sonriente y untuoso buscará alianzas con comunicadores nacionales, para, llegado su momento, empezar a moverse, con su ya conocida impudicia para disposición de recursos públicos, y buscará que los medios y la población le crean el cuento chino de que es un intelectual y un patriota.
Desde ahorita le digo que yo no le seguiré el juego. Me revienta que Tamaulipas se esté cayendo a pedazos mientras él, contoneándose en coctelitos y eventos culturales, fabrica su propia escalera para trepar en el escalafón del PRI.
Roberto Mora está muerto. Junto al suyo hay centenares de crímenes impunes, mientras Tomás Yarrington Ruvalcaba nos insulta a los periodistas de todo México, olvidándose de combatir a la delincuencia y construyéndose una patética fachada de prócer.
Pero, bueno, para Yarrington el asesinato de un periodista no es tan importante. Un político de su estatura no debe distraerse en nimiedades, si sueña con llegar un día a ser presidente de México.
Punto y seguido-Luis Aguilar
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